Meditación
11 octubre de 2020 – Domingo 28º del Tiempo Ordinario

09 de Octubre 2020
 Monseñor Sergio Pulido Gutiérrez
Meditación11 octubre de 2020 – Domingo 28º del Tiempo Ordinario
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“El reino de los cielos se parece a un rey que celebraba la boda de su hijo” (Mateo 22, 1–14)

Jesús conocía muy bien cómo disfrutaban los campesinos de Galilea en las bodas que se celebraban en las aldeas de esa región. Sin duda, Jesús mismo tomó parte en más de una. ¿Qué experiencia podía haber más gozosa y radiante para aquellas gentes que ser invitados a un casamiento y poder sentarse con los vecinos a compartir juntos un banquete de bodas?

Este recuerdo vivido desde niño le ayudó en algún momento a comunicar su experiencia de Dios de una manera nueva y sorprendente. Según Jesús, Dios Padre está preparando un banquete final para todos sus hijos pues a todos los quiere ver sentados, junto a Él, disfrutando para siempre de una vida plenamente dichosa, de un banquete eterno...

Yo puedo decir, plenamente convencido, que Jesús entendió su vida entera como una gran invitación a una fiesta final en nombre de Dios Padre. Por eso, Jesús no impone nada a la fuerza, no presiona a nadie. Anuncia la Buena Noticia de Dios (Evangelio), despierta la confianza en el Padre, enciende en los corazones el amor y la esperanza. A todos les ha de llegar su invitación.

¿Qué ha sido de esta invitación de Dios? ¿Quién la anuncia? ¿Quién la escucha? ¿Dónde se habla en la Iglesia de esta fiesta final, de este banquete eterno? Satisfechos con nuestro bienestar, sordos a lo que no sea nuestros intereses inmediatos, nos parece que ya no necesitamos de Dios ¿Nos acostumbraremos poco a poco a vivir sin necesidad de alimentar una esperanza última?

Jesús era realista. Sabía que la invitación de Dios puede ser rechazada. En la parábola de “los invitados a la boda” se habla de diversas reacciones de los invitados. Unos rechazan la invitación de manera consciente y rotunda: “no quisieron ir”. Otros responden con absoluta indiferencia: “no hicieron caso”. Les importan más sus tierras y sus negocios.

Pero, según la parábola, Dios no se desalienta. Por encima de todo, habrá una fiesta final. El deseo de Dios es que la sala del banquete se llene de invitados. Por eso, hay que ir a “los cruces de los caminos”, por donde caminan tantas gentes errantes, que viven sin esperanza y sin futuro. La Iglesia, nosotros mismos, ha de seguir anunciando con fe y alegría la invitación de Dios proclamada en el Evangelio de Jesús.

Sergio Pulido Gutiérrez, Mons.
Canónigo Catedral Primada y Párroco San Luis Beltrán

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